domingo 8 de febrero de 2009

Hacia una ecología radical

La degradación irreversible de la vida terrestre debida al desarrollo industrial viene siendo descrita y destacada desde hace más de cincuenta años. Los que analizaban el proceso y sus efectos pensaban que un toma de conciencia podría ponerle fin. Cualesquiera que fueran sus desacuerdos sobre los medios a poner en marcha, todos estaban convencidos de que el conocimiento de la amplitud del desastre daría lugar a un cuestionamiento alejado del conformismo social.
Pero no podemos constatar eso: el conocimiento del deterioro se integra sin choques en la sumisión de los individuos al orden social, y participa sobre todo de la adaptación a nuevas formas de supervivencia en medios extremos.
La sociedad mercantil crea condiciones de precariedad y de inseguridad tan agudas que sólo un crecimiento del sometimiento a la maquinaria social permite superar esta montaña de miseria humana para un mundo habitable. Geiger o análisis de los humos tóxicos, para descubrir hasta qué punto es mortífera la sociedad mercantil: antes de sufrirla como consumidores, cada individuo deberá soportarla como trabajador.

Protestas paradójicas
Algunos creen haberlo dicho todo cuando critican las derivas neoliberales que se ha inventado recientemente la globalización. Eso nos permite así ver que esa lógica de la universalización desde hace tiempo no es más que un pequeño aspecto del desastre.
La desaceleración tal como la preconizan algunos, exige un racionamiento voluntario por parte de los ecociudadanos y los consumi-actores. Reclaman ciegamente medidas estatales (subvenciones, impuestos). Se arriesgan a veces a declararse anticapitalistas, en una incoherencia total con proposiciones tales como las de un ingreso mínimo que sólo contribuiría a integrar más aún a los individuos en la sociedad de consumo surgida del sistema capitalista: no se aventurarán nunca a cuestionar la dominación del Estado.
¿Tenemos que dejar de pensar en términos de reforma de la sociedad capitalista? Es necesario actuar a un nivel mucho más fundamental, el de las relaciones de producción y la utilidad misma de esa producción, para invertir la tendencia.
La alternativa no puede ser sólo eventualmente ecológica: lo es fundamentalmente porque cuestiona las bases mismas de la sociedad mercantil, que es el origen de los desastres sociales y ecológicos.
Luchar contra el calentamiento del planeta es impedir que desborde la basura; en lugar de inventar una economía de la basura, habrá que suprimir la causa, habrá que suprimir el capitalismo.
Debemos por tanto excluir el desarrollo sostenido, el Estado-providencia, la economía solidaria y otros artefactos de un capitalismo equitativo que no es sino una forma de dominación social menos visible que las otras.

Salir del sometimiento
Así pues, necesitamos salir del sometimiento a la maquinaria social y a las promesas cientifistas de un progreso ininterrumpido. Esa es la única salida. Eso supone salir de la sociedad de mercado; por eso su abolición es una necesidad. Tenemos que salir de esta sociedad. Seguro que podemos reformarla, eso es lo que hacemos todos los días para aplazar una catástrofe que no deja de amenazarnos. Pero la catástrofe ya está aquí.
Hay que acabar también con todas las formas de sumisión y de alienación, a menudo interiorizadas en los propios individuos, como la religión, el orden moral, el salariado, el patriarcado, la heteronormalidad, el nacionalismo, el militarismo, el sexismo…
Lo que se suele llamar democracia no es más que la fachada participativa de la sumisión de los individuos a la maquinaria social, puesto que una minoría de la población da todo el poder a un pequeño grupo de representantes por medio de organizaciones burocráticas cuyo único objetivo declarado es asegurar la perennidad de un Estado todopoderoso (ya sea de derechas o de izquierdas, un hombre o un conjunto de hombres pueden decidir por más de sesenta millones de habitantes o por un solo individuo, estén o no de acuerdo).
Desde una perspectiva de la abolición de la sociedad de mercado, el Estado -cuya función ha sido siempre servir a la maquinaria industrial- no tendrá ninguna utilidad, y deberá por tanto ser abolido.
Abolición del Estado y autogestiónLa sociedad post-mercantil estará compuesta de comunidades autónomas y autogestionadas, en las que no existirá ninguna relación de dominación ni de alienación social. En el espíritu de las comunidades libertarias, cada uno podrá fijar sus propias reglas respetando al otro. Esta autogestión no deberá ser una ideología enmarcada en una placa de mármol, sino siempre puesta en cuestión para permitir la emancipación de cada individuo en el seno del ecosistema.
¿Cómo hacerlo?
Debemos proponer una estrategia de contrapoderes, practicable desde ahora mismo, que podrá abrir camino a rupturas posteriores. Debemos radicalizar, federar y autogestionar las luchas para llevar a cabo la transformación radical de la sociedad en el orden del día.
En las empresas, en los barrios, en los institutos y en las universidades, cada lucha puede hacer avanzar la democracia autogestionaria: asambleas generales soberanas, mandato imperativo de la base…A la hora de la globalización de la sociedad de mercado, debemos rechazar los repliegues soberanistas y actuar para la coordinación mundial de las luchas, con el fin de combatir las desigualdades y la inseguridad social, porque el futuro es para nosotros la solidaridad.
Debemos, por tanto, desarrollar una estrategia extraparlamentaria, es decir, de total independencia del Estado, de la patronal y de los partidos burocráticos, porque no olvidamos que la función real de todo puesto o mando ejecutivo es representar y asegurar la autoridad del Estado, es decir, organizar la sumisión de los individuos.
Fabien Bon
(Le Monde libertaire)